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DESDE MI PLANTA

Sonámbulo

El domingo me pasó una cosa bien curiosa. Tuve mi primera experiencia sonámbula. Me acosté en mi cama y me desperté en la de mis padres horas y resacas después. Curiosa la sensación de desconcierto y de desorientación. A mí, que nunca me habían pasado estas cosas. Que siempre me acordaba de todo lo que hacía, por muy taja que fuera, por muy grande que la liara la noche anterior y no quisiera recordar. Y mira que las he hecho grandes. Amores y desamores, lícitos y prohibidos, desastres públicos, vomiteras y revolcones. Todos están en el consciente. Y no se van, a pesar del tiempo y del alcohol.

Pero lo del domingo, ¿por qué no lo recuerdo? Por qué no consigo recordar el camino sonámbulo? Basado en el supuesto de la veracidad, me levantaría a beber agua o al lavabo, quien lo sabe, y tan grande sería mi estado etílico que, en vez de volver a mi cama, lo hice a la de mis padres. O a un nivel más freudiano, mi subconsciente me hizo quedar en evidencia, y dejé al aire el complejo de edipo o de electra, o los dos a la vez. O tal vez algo pesa en mí que no me deja dormir lo suficiente, a pesar de que no quiera reconocerlo. Recorrí los pocos metros que separan las dos habitaciones durante varias veces. Atónito. Asombrado. Sorprendido. Debe ser la vejez, que asoma. O cantos de sirena que me embriagaron. Y me entró miedo. Seguro que recuerdo todo lo que he hecho?

Me desperté preocupado, pero feliz. Desayuné, y me fui a trabajar.

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